lunes, 2 de mayo de 2016

Elegancia natural


Primer día de playa del año. Todo bien. Yo leía bajo la sombrilla. Unos muchachos empezaron a jugar al fútbol a mi lado. Gritaban, salpicaban arena —soplaba un poniente largo que me metía los granos en los ojos— y amenazaba pelotazo. No era confortable. Entonces uno de los muchachos dijo, sin que yo hubiese tenido tiempo de quejarme ni de echarle una mirada recriminadora: "Vamos, para arriba para no dar por culo". Y me pareció una frase llena de elegancia natural. Ese muchacho, un poco basto por fuera, tenía un alma finísima. Ya (le) dijo Pla que la forma suprema de la elegancia es la caridad. 


sábado, 30 de abril de 2016

Instinto maternal



Leonor nunca puso pegas a mi acento hablando inglés. Se maravillaba de mi vocabulario y esas cosas. Pero ahora, con los niños delante, me corrige hasta extremos fricativos. A mí, que ya sabía que el acento no es un don que quiso darme el Heaven, no me extraña. Me pasmo ante la fuerza del amor. Del de novios, del de madre.


miércoles, 27 de abril de 2016

Foto



Estaba escribiendo sobre esta foto vertiginosa, cuando nos llegó un mensaje de me hermano Jaime que adjuntaba esta foto de mamá:


Con este comentario al que no tengo nada que añadir: "De esta foto me gusta todo".

Y, de pronto, sentí unos enormes cargos de conciencia. ¿Hemos sido lo suficientemente agradecidos a la fotografía? A la emoción y a la felicidad a raudales que nos ha dado.


lunes, 25 de abril de 2016

Modo


Ayer Leonor hizo esta foto, que le salió modo Sorolla:



En misa, luego, en la pradera, los niños jugaban por atrás y por el lado. Se tiraban dardos y practicaban esgrima con dos ramas. Bucólico, pero épico. De pronto, Carmen dijo algo a Quique, que estaba a unos tres metros, y todos los bancos de cerca se rieron. A mí no me extrañó, porque los veo graciosos por el mero hecho de existir. A la salida, una amiga me contó que Carmen había advertido a su hermano: "Quique, voy a dejar ya las flechas. Me pongo en modo niña".



sábado, 23 de abril de 2016

A 25 años vista


La lección magistral de la graduación de las alumnas de Grazalema de este año me comprometí (felizmente) a darla yo. Estaba seguro de que volvería la voz para estas fechas. Pero no volvió. Así que le pedí a mi hermano Nicolás que la leyese por mí, mientras que yo ponía el bulto en la mesa de honor.

Fue un acierto pedírselo a Nicolás. Un acierto genético, porque un hermano es casi tú.  Además, leyó muy bien.

Pero a mí se me ha quedado la pena de la lección magistral en play back. Por eso, les he prometido a las alumnas que, cuando celebren el 25 aniversario de su promoción, iré, si me invitan, a la cena y les daré la misma lección de viva voz. Yo creo que para entonces tendré las cuerdas vocales niqueladas.

Tengo además otro interés. Me contaron que estaban muy contentas de la graduación, pero que les daba muchísima melancolía dejar el colegio. Todavía se sentían muy pequeñitas. Eso —no pude resistirme a susurrarles haciendo una excepción a la regla— les pasará toda la vida: a mí me pasó en COU, en la Universidad, en el primer trabajo, en la boda... Siempre sorprendido de mi juventud y de mi falta de madurez. Sólo ahora que se acercan los 50 años empiezo a verle de lejos las orejas al lobo. Se rieron, incrédulas.

Estoy seguro de que en la fiesta del 25 aniversario siguen viéndose jovencísimas. Y siéndolo.


viernes, 22 de abril de 2016

Bibliomancia al revés


No soy yo el que adivina el futuro con los libros, sino ellos los que me explican mi pasado inmediato. Ayer, metí una o dos patas. Abro el primer libro de la mañana, y allí advierte san Josemaría Escrivá de Balaguer: "Hay que ser más fijones". O sea, que tengo que estar más pendiente.

Caigo por la pendiente de la autoimprecación. Y cuando abro Memorias de África, esto de la baronesa: "El orgullo es la fe en la idea que Dios tuvo, cuando nos hizo".

La fuerza con que lo leo me interpela me distrae de lo que leo. Pero, exigiéndome, me consuela.