lunes, 28 de julio de 2014

El arte es heroísmo por excelencia, trabajo sin descanso


El título de esta entrada es, por supuesto, de JRJ. Y lo único que me puede consolar de la pregunta que Enriquito me lanzó ayer, metiéndose debajo de la sombrilla donde leo en la playa. 


video


Quería subir conmigo a la piscina y le contesté que vale, pero cuando acabase un capítulo del libro que leía, que ya me quedaba poco. La pregunta —si no me engaña la pasión de padre— le salió con una espontaneidad tan asombrosa como su razonamiento y como su retórica, si se fijan. (Si en el vídeo ha perdido el efecto sorpresa y algo de naturalidad es porque le pedí que me la repitiese palabra por palabra, para inmortalizarla.)

Por la tarde, trabajando en casa vi los dos autorretratos que se pintó Bécquer, con seis años de diferencia —y la boda y los hijos por medio— y volví sobre el asunto. En "El poeta y las Musas" (1860), delicioso, no parece que el poeta esté trabajando demasiado. Yo me recuerdo mucho así. 



En "La Musa y el niño llorón" (1866) se le ve desesperado de verdad. 



La cara de horror de la musa es, en cambio, de una comicidad indudable.El niño llorón no le ha salido tan bien, pero se le ve, al pobre, sin nadie, ni musa ni poeta, que le consuele.  


Creo que entre la relajación del 60 y la desesperación del 66, habría que ser capaces de encontrar un milagroso término medio, como si abriésemos un pequeño resquicio entre el trabajo sin descanso y el heroísmo de JRJ por excelencia. Si yo pudiese, que no creo, si pudiera, sería porque Enriquito me ayudará a hallarlo. 


sábado, 26 de julio de 2014

Se acaba el curso


DICIEMBRE

Se acaba el año y casi nada hiciste
de lo que en este tiempo, vagamente,
te proponías hacer. Pero has escrito
unos cuantos poemas.
-____---------------------(Sé sincero
y di que lo demás no te importaba.)

Eloy Sánchez Rosillo

viernes, 25 de julio de 2014

Bien y mal


Pongo música clásica en el coche. Carmen dice: "Es música de Cenicienta". Ah, ése es el reducto de la música clásica, me entristezco. "Me gusta". Me esperanzo. "Es música con buenos y malos", comenta, y exulto. En el gran arte siempre hay una tensión moral, que en el mediano y en el pequeñito no, y Carmen (cuatro años) lo percibe. Quique asiente.


jueves, 24 de julio de 2014

Caí en Las Redes


Hace unos meses asistí a un curso sobre cómo hablar en público. Al empezar la primera clase se nos dijo categóricamente que el método tenía dos pilares: la autoestima y el hecho fehaciente de que el conferenciante sabe más que nadie de su tema. Acabáramos. La autoestima o es vanidad o es orgullo. Si lo primero, es dubitativa y tartamuda por naturaleza. Si lo segundo, se confunde con el segundo pilar del método, que queda entonces cojo, haciendo equilibrismos sobre una sola pata. Que tampoco sostiene, porque a ver de qué sabemos nosotros más que nadie y cómo sabemos, además, que lo sabemos. 

Ayer, sin ir más lejos, di una charla en el club Las Redes sobre Literatura del siglo XX y conversión. Bibliografía no me faltaba, pero, como en todas mis charlas, podía ir viendo como, entre el público, se iban encendiendo con grácil alternancia lucecitas sobre las cabezas de aquellos que saben sobradamente más que yo del punto en particular que estoy tocando en cada momento. No es metáfora. Yo veo esas lucecitas. Las veo siempre, pero más cuando la charla es en mi pueblo, donde nos conocemos todos. 

A la salida, amables saludos. Una señora se me presenta como profesora del colegio de Leonor. Muy sonriente. Dos besos. Adiós, adiós. Saliendo, Leonor me cuenta que esa profesora suya es inglesa y... conversa. Ah, ahí me falló la lucecita, pero qué luz. Cegadora, para ser más precisos. Quizá por eso me falló el fogonazo, por misericordia, para no haber sido tumbado del atril como san Pablo del caballo. Saber más que nadie, ja. Ja. 


miércoles, 23 de julio de 2014

Plancton


El PCPI no es el partido comunista de los pueblos ibéricos, como parece, sino esto. Sus alumnos despiertan la desazonada curiosidad de todos, profesores y otros alumnos, que los vemos por libre, haciendo pandillas, gritones y peleones. Uno de ellos muy bajito, muy redondeado y muy chulito llamó mi atención. Ejerce un inexplicable liderazgo entre tantos grandullones. Una especie de Humphry Bogart de barrio, pensé al principio, pero luego me fui fijando más y con esa pinta de malote, rapado y de mirar esquinado, terminé pescándole el verdadero parecido: Plancton. 


Una mañana le oí repetir y repetir un refrán a voz en grito, y comprendí la potencia de la rima.  ¡Qué poeta oculto!, pensé medio en broma. Me hubiese gustado traer aquel refrán al blogg, pero, cuando he querido, ya lo había olvidado. Otro día estaba, de nuevo, en la puerta del despacho del director, seguramente por otro parte de comportamiento, esperando quizá una expulsión. 

El orientador del centro se había parado a darle una charla pedagógica, ejerciendo de psicólogo: "No puedes seguir así, vas por mal camino, la vida te va a pasar por encima si continuas empeñado en cruzar a tu aire, etc". Lo sorprendente fue la respuesta que dio el pequeño alumno, angustiado, con las lágrimas saltadas: "Yo sólo necesito una mujer a mi lado". 

martes, 22 de julio de 2014

Salióme tan çierto


Hoy hace un soneto de años —contad si son catorce— que nos casamos. El día de la Magdalena. Y tenía previsto llorar aquí al menos el estropicio de la Thermomix, que ocurrió hace dos días. Fue un regalo de boda, justamente, y muy especial, porque nos lo hizo mi abuela materna, a sugerencia, por supuesto, de mi madre, que qué sabía mi abuela de thermomixes. Ninguna de ellas está ya aquí. Como parece que la boda fue ayer, se me han abierto las heridas. La Thermomix, qué cosas, ha funcionado como un correlato objetivo, que explicaba T. S. Eliot. 

Quizá por esa preparación previa, esta mañana, en el desayuno, al hablar de nuestros catorce años, me ha entrado una tristeza honda del tiempo que se nos ha escapado entre los dedos, tanta felicidad ya por detrás. Tan poquísimo elegíaco como soy, nunca había sentido nada parecido en ningún cumpleaños, jamás, con lo que tal vez pueda afirmar que quiero a Leonor más que a mi vida, si no es pasarme. Y con eso puede que compense esta maravillosa canción tradicional que leí el otro día, tan antirromántica, o, mejor dicho, tan prerrománica, y tan ajustada, sin embargo, a mi experiencia. Vaya la una por lo otro:


El bien que elegí 
salióme tan çierto 
que amor está muerto 
de envidia de mí.