miércoles, 4 de marzo de 2015

martes, 3 de marzo de 2015

Salomón



Cuánto pierdo por no llevar diariamente a mis hijos al colegio. Hoy tenía que hacerlo, ¡no fuese a estropearse en el autobús el trabajo de Carmen! Conducía nervioso, como un contrabandista, porque íbamos en mi coche sin sillitas, que Leonor esta mañana, sin darse cuenta, se había llevado el coche nuevo. Ellos iban enérgicamente peleándose por una caja de sellos de tinta de Carmen. Yo, amablemente, les he dicho que si no dejaban ipso facto de discutir tiraba la caja por la ventana. Y entonces se ha producido la epifanía bíblica. Quique ha empezado a decir a voz en grito, enfervorizado: "¡Tírala, papá, tírala!" y Carmen: "No, no, no", angustiada. Una versión pedestre del juicio de Salomón, desde luego. Carmen se ha quedado, por tanto, con la caja de sellos; y yo esta tarde  le tengo que explicar a Quique con tranquilidad la justificación latente. 

Lo que está claro es que Salomón no era un positivista jurídico, de ninguna de las maneras. Dictó una sentencia y luego no se ciñó a ella. Qué rey tan sabio. 


lunes, 2 de marzo de 2015

Si pierdo la memoria, qué pureza


Ayer me volvió a pasar algo bastante frecuente. Se me ocurrió un aforismo y en el camino hacia la libreta se me cruzó un niño. Cuando retomé, al rato, mi intención, había olvidado la frase . En esas ocasiones, me encomiendo a Juan Ramón, que se decía: ya volverá el pez al anzuelo y de más hondo y más gordo. Ayer, me pudo la sensación de pérdida y la convicción de la belleza y verdad de la idea perdida. Me entró una dulce tristeza nostálgica.

Por la tarde, no más, la recordé. No valía mucho, apenas nada. Y entonces me pasmé de la capacidad redentora del olvido, que siempre deja las leves huellas de un perfume. Y entendí el verso de Gimferrer, que siempre había visto sobreactuado: "Si pierdo la memoria, qué pureza". 

Aunque prefiero recordar. 

jueves, 26 de febrero de 2015

Dibujar es mi forma de acariciar las cosas


Entre las hojas de un viejo libro, mi hermano Jaime ha encontrado este antiguo dibujo mío. Para excusar mi dislexia, aventura que tiene que ser un autorretrato ante un espejo. No sé. Esta vez sí hay perro. Y un alejandrino. 


miércoles, 25 de febrero de 2015

My family



Ayer fuimos a tutoría al colegio de Carmen. En el aula, exposición temporal de los retratos familiares que cada niño había hecho de su familia. Muy bonitos todos. El de Carmen, naturalmente, me encantó. Tanto, que le hice una fotografía. 



Las comparaciones son odiosas e inmediatamente dejaré de hacerlas, pero el cuadro de Carmen era uno de los dos únicos que habían pintado la casa, y la nuestra estaba en su justa medida, pequeña pero identificable. Lo vi un rasgo heredado, por la importancia que le doy al solar, me emocionó. Encima, patrimonio viene de padre, precisamente. 


Y qué alegría verme de la mano de Leonor, para toda la eternidad, como diría Keats a cuenta de la urna griega:




No acabaron mis emociones ahí. ¿Os habéis fijado que Carmen nos coloca a todos los de casa una corona? Sí, sí una corona. Que en el dibujo se pueda confundir con un gorrito de bufón con cascabelitos no tiene nada extraño y es perfecto, porque los gorros de los bufones son coronas de pega, como todo el mundo sabe:









Casi no oía ya a la tutora, emocionado como estaba de hasta qué punto Carmen ha interiorizado la doctrina

Pero no creáis que todo era alborozo. Me dio mucha pena ver que Carmen no había pintado a Pukka. Está ya tan viejita nuestra perra, que se pasa el día durmiendo, casi sin participar en la vida familiar. Ay. 

A cambio, sí están las flores y el jardín, que la niña sale a la madre también y mucho y más y qué bien. 




martes, 24 de febrero de 2015

S.O.S.


La tragedia del traductor es la aliteración, que se pierde en un suspiro. Más triste aún en esta frase axial de Chesterton, sobre la que gira su filosofía y su Autobiografía (1936): "I hung on the remains of religion by one thin thread of thanks". Aquí la frase es música para una idea y una imagen: tengan en cuenta su gordura, eh. Pero la música: un rugido de resistencia religiosa seguido de un leve zezeo susurrante que lo sostiene, con suspense y felicidad, todo y, sobre todo, a él. Sabiendo que no llego, que me faltan erres al principio y eles al final, propongo esto. Se aceptan —se ruegan— mejoras. 


Yo pendía entre restos de religiosidad de un delgado hilo de agradecimientos.