sábado, 20 de diciembre de 2014

La mano


A pesar de la sangre azul, en la de Leonor no faltan glóbulos rojos, como debería, sino blancos. Cada análisis de sangre saltan las alarmas, hasta que convence al facultativo de turno que esos niveles los ha tenido siempre así de bajos. La novedad es que el otro día, en una reunión de trabajo, un exótico extranjero le pidió la mano para leérsela. Y zas: le dijo que tenía poca sangre (sic) y que padecería del corazón. Estaba, por los antecedentes científicos, un tanto impresionada. Le animó mi empatía, al ver que me ponía repentinamente blanco y serio. Se alegró de verme tan preocupado, confortada. (Ya no dije que era por eso de que le cogiese la mano un propio que pasaba por allí.)


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Presentación




Me comprometí hace un siglo a presentar el nuevo poemario de Blanca Flores en El Puerto, y el libro no me llegaba. Pensé que tendría que hacerlo sin leer el original, una presentación de la autora, no de la obra. Pero tres días antes, 1ª sorpresa, llegó. 




El tono de Blanca Flores había cambiado un tanto, 2º sorpresa. Le descubrí un encantador aire a Amalia Bautista: 


Aunque también un guiño a Carlos Edmundo de Ory y su ludismo lírico. Me emocionó este poema, a la vez juguetón y dramático: 





Dije estas cosas y, cuando me vine a dar cuenta, había acabado la presentación. No, mi presentación. Subió al escenario un amigo de Blanca, Paco Luque, y cantó dos canciones muy relacionados con la poesía de su amiga. Salí encantado. 





lunes, 15 de diciembre de 2014

D'Ors no me pasa una y tres o cuatro cosas más


Prudentemente ya había escrito mi artículo y hasta lo había mandado durante el postre, pero en el tren de vuelta de Madrid leí a Amorós que la fecha exacta de Platero era el 14 de diciembre y me entró el fervor. Escribí a la carrera esto y tuve que liarla parda para mandarlo por e-mail a la redacción. Se me coló ese "punto y final", Dios me perdone, y vosotros. 

Al día siguiente Miguel d'Ors me llamó la atención tempranísimo, y yo tuve que bajar la cabeza avergonzado porque el error era mío. Y estuve muy humillado y avergonzado (conmigo, eh, con d'Ors agradecido de que esté tan atento aún a mis cosas) hasta que se me ocurrió este jueguín de palabras: "D'Ors no me pasa una". Y ya me reía yo solo y se me pasó el disgusto. Así de consolador es el lenguaje. 

Estuve en Madrid para unas cosas y otras. Fue tan rápido todo que me salía por las curvas y dejé, a la altura de Neptuno, de tomar notas. Menos mal que Ángel sí hizo la tarea, Los adjetivos de nuestra reunión están —por si, como no estuvisteis allí, no os dais cuenta— magistralmente colocados. Y nos cuenta además una visita al museo que yo no pude hacer, pero que firmo con los ojos abiertos. 

Mi última nota es sobre la "hipálage del pájaro" o hipálage en espejo, se me ocurrió. Salió de entre mis pies por el Paseo del Prado un gorrión aterrador, aterrado y aterido, y los dos estábamos igual, con el frío (yo había ido a Madrid a la portuense, sin abrigo, ea) atontados y yo lo asusté a él y él a mí y los dos mutamente. Donde pongas el adjetivo "asustado" es una hipálage, una hipálage en abismo. 

Antes había visto un camión enorme de basura lleno de hojas secas. Tan delicadas esas hojas del otoño, tan leves, que parecía que iban a hacer el milagro de levantar por los aires al camión. 

Un poco antes, me crucé con uno que no llevaba ni jersey, muy jirocho, y me entró un poco de calorcito, por comparación. Duró veinte metros, cinco minutos, pero fue muy curioso.

Antes, en el tren le cambié mi asiento a una señora que quería ir con su hija y, gracias a eso, caí al lado de una peña de jóvenes ejecutivos cordobeses. Uno de sus compañeros, que era nuevo, había perdido el tren y los demás venían riéndose, imaginando su agobio. El otro lloraba excusas por whatsups que éstos leían en voz alta, mondados. Le escribían echándole hierro al asunto. El otro dejó de hablar un rato y una chica preguntó, con cierto temblor en la voz: "¿Se habrá suicidado?". 

Aún antes, en el suplemento de un periódico vi un dibujo de Goya de hermosísimo título: "Viejo columpiándose". Qué lástima haber visto el dibujo, inquietante y sucio. Habría preferido quedarme con el título nada más, columpiándome. 


viernes, 12 de diciembre de 2014

Qué casualidad



Ha querido el azar que el mismo día que voy a ver a Eloy Sánchez Rosillo salga la reseña que escribí hace un siglo a su antología catedrática.



Está en Turia.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Humillación


Leonor tuvo ayer una comida de trabajo que no acabó hasta tardísimo. Cuando llegó me contó que uno de los de la parte contratante de la segunda parte le había contado que era un  lector fan mío. Mi humillación no fue, como quizá empecéis a sospechar, porque yo sospechase que eso me lo contaba ella para tratar de compensarme por mi tarde a solas. Leonor no hace esas cosas. La humillación vino a renglón seguido. Le contó que coincidimos en una boda hace siete u ocho años, y que me lo dijo. La humillación es que yo me acordaba perfectamente  y que Leonor estaba segura de que yo me iba a acordar perfectamente. No somos nada. 


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Caritas y carotas


Lo de los trabajos de los niños está siendo divertidísimo. Esta vez le tocaba a Enrique uno sobre el tema del cuerpo humano. Vimos que también estaban dando la expresión facial y, como el lenguaje es lo nuestro, aunque sea no verbal, hicimos este juego de adivinanzas. ¿Cara de qué...? [Las interrogaciones las pintó Carmen, siempre tan colaboradora]





martes, 9 de diciembre de 2014

Gordiano


Hay algo indiscutiblemente juvenil, adolescente, en tener 45 años y desvelarme pensando en mi destino, en mi vocación, en mis planes de futuro y en el curso de mi existencia, así, en general. Centrémonos, por ejemplo, en estos diarios. ¿No hay un ejercicio de vasta banalidad en recoger el día a día, más o menos? La maestra de los diarios y la escritura autobiográfica, Santa Teresa, no nos da sólo una lección de estilo (desahogado) ni de tono (coloquial), sino también de motivo. Si ella escribió su Vida, fue estrictamente porque se lo pidió su confesor. La obediencia desata los más intrincados nudos gordianos.

Mi confesor, sin embargo, entre tantas cosas como me pide, jamás que escriba en Rayos y truenos.