jueves, noviembre 26, 2009

Documentario, de Mario Quintana:

Carta a James —a primera vista, tal vez parezca descolocada en esta sección [o en este blogg], una respuesta al crítico James Amado. ¿Pero a quién más en el mundo, si no a mis lectores, debo una satisfacción de lo que escribo? Siendo así, aquí van las debidas explicaciones.

“Mi querido James;

Leí con asombro y aprecio el ensayo que V. publicó en la Provincia de Sâo Pedro y en el cual tiene la bondad de avisarme de que tomé el rumbo equivocado en poesía. Me apresuré entonces a ver lo que hicieron, según V., aquellos que tomaron el rumbo cierto. He ahí don Pablo Neruda: publica él, en una revista nuestra, una oda a la señora madre de Luiz Carlos Prestes. Abro otra revista y se me aparece el Sr. Camilo de Jesus con un “Poema para Anita Leocádia”, hijita del Sr. Luiz Carlos Prestes. Me desconsuelo. Veo que llegué muy tarde. Ahora sólo me quedan las tías del Sr. Luiz Carlos Prestes…

Mas quiero creer que no es esto lo que usted desea, y que el propio Sr. Luiz Carlos Prestes será el primero en quedar compungido por esas cosas. Por lo que entiendo, desea V. que nosotros, los poetas, nos limitemos a cantar las reivindicaciones sociales de la época. ¡No, eso no es negocio para nosotros, querido James! Pues en vista de la proyección nacional del Sr. Prestes y de la eficiente actividad de adeptos tan sinceros y convencidos como V. y los demás camaradas suyos, es de creer que en breve la cuestión social estará definitivamente resuelta en Brasil. ¿Y qué será entonces de nosotros, los poetas brasileños? Nos quedaremos irremediablemente en paro, sin rumbo alguno, ni cierto ni errado.

Pero felizmente no es así. Hay otras cosas, las cosas eternas, que no se resuelven nunca, gracias a Dios: estrellas, grillos, penas de amor, nostalgias, ángeles, nubes, muertos, amadas, todos los paisajes, alegrías y tristezas de este mundo y del otro mundo. Hay otras cosas... tal y como ya decía el nunca demasiado citado Shakespeare:"There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamnt of in your philosophy", lo que traducido a buen portugués actual, da lo siguiente: "Há mais coisas no céu e na tierra, o James, do que sonha o materialismo dialético".

Sin más, disponga, etc. etc."

Provincia de San Pedro, junio de 1946

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miércoles, noviembre 25, 2009

My boys, let us be grave: here comes a fool

Lo malo de escribir y publicar es que no se puede poner uno serio cuando se aproxima un tonto. Así que a ver qué piensa de mí el que yo me sé con este artículo tan frívolo que me ha salido, a ver. Uff. Si pudiese, ahora mismo lo reconducía a esta columna (y a vosotros también, amigos, porque es espléndida) de Francisco Bejarano.

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martes, noviembre 24, 2009

Definición de clásico

Entre las numerosas definiciones de “clásico” (véase la acepción 3 del DRAE: “adj. Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia” o la 1 del María Moliner: “adj. y n. m. Se aplica a la lengua, al estilo, las obras, los artistas, etc., pertenecientes a la época de mayor esplendor de una evolución artística o literaria"), me quedo con las definiciones clásicas, con las literarias. Oh la gracia que me hizo en la lánguida juventud la de Mark Twain: “Clásico es un libro que todos querrían haber leído y que nadie quiere leer”. Luego me sorprendió la de José Mateos, que tengo que buscar por Soliloquios y divinanzas, pero que venía a decir que clásico es el libro que no hace falta leer: nuestra cultura está tan transida de él que lo recibimos por ósmosis. La de JRJ en Ideolojía, aunque parece altisonante, tampoco es manca: “Clásico, es decir, actual, es decir, eterno”.

Todas rondan una definición con la que, por fin, he dado yo. Perdonadme la presunción: reconozco que las suyas son más bonitas de aquí a Lima, pero no más precisas que la mía. Un clásico es el libro que no podemos dejar de leer. En el sentido básico, para empezar, es decir, que debemos leerlo, a pesar de Twain; y sobre todo, en el sentido figurado. Una vez cerrado, leamos después lo que leamos, o no leamos, como apunta Mateos, estamos siempre, tal y como sugiere Juan Ramón, leyéndolo, es decir, recordándolo.

Me explicaré con un ejemplo, el mismo que me ha permitido decantar mi definición. Estos días no he regresado a Retorno a Brideshead más que incesantemente al hilo de otras lecturas. Lo bonito es que una de ellas venía del pasado, otra era una confluencia y la última una proyección. Me encontraba, por tanto, ante un clásico: no podía dejar de leerlo de ningún modo.

Estaba yo ensimismado con las palabras, palabras, palabras de Hamlet, cuando caí en la cuenta de que la situación (incómoda) en la que se encuentra Charles Ryder en Brideshead, invitado por la madre de Sebastian, para que, de alguna manera, lo espíe, está trasladada del papelón (acto II, escena II) de Rosencrantz y Guildenstern, amigos íntimos, queridísimos, de Hamlet que los reyes hacen traer de la Universidad de Wittenberg para que le echen un ojo (o cuatro) a la melancolía del príncipe. Éste los ve venir (“Were you not sent for? Is it your own inclining? Is it a free visitation? Come, deal justly with me. Come, come. Nay, speak”) y es la pena subsiguiente la que calcó Waugh en su novela.

Vayamos con la confluencia, que no es cronológica, pero vale. Un poema fascinante del primer José Mateos, precisamente, es “Julia Reis”, de Una extraña ciudad, que musicó Loquillo con la voz desgarrada y el rock nostálgico que los versos exigen. Leyéndolo, adiviné en los barcos perdidos de la noche, con distintos aires de época, por supuesto, el mismo viento huracanado del capítulo “Orphans of the Storm”. El que resumiría como nadie la contundente Cordelia: Thwarted passion. Y coincide el nombre de Julia, fíjense, que tiene ecos de calurosas resonancias doradas que se apagan lentamente como una tarde de verano. La amistad tolera los abusos, así que llamé corriendo a Mateos y me aseguró que no había tenido presente Brideshead Revisited al escribir su poema, que lo más probable es que no la hubiese leído todavía entonces. Pero ahí está la novela, paralela a sus versos.

Y finalmente la proyección. He terminado con Introducción a la literatura griega de C. M. Bowra. No ha sido ni mucho menos el menor de los encantos de la lectura saber que Bowra fue el vivo modelo de Mr. Samgrass, el pedante y persistente profesor que persigue a Sebastian por Oxford y más allá. El libro es una conversación sobre literatura griega de lo más amena y uno se la imaginaba teniendo lugar en los salones de Brideshead, mientras esperábamos, copa en mano, a que volviese la partida de caza del zorro, o por la noche, medio a oscuras, después del rosario y antes de la visita a la capilla, amenizada por diapositivas, entre el humo de los cigarros y la ironía de los espectadores. ¿Quién le iba a decir a C. M. Bowra que gracias a una despiadada caricatura uno iba a leerle con tanta ternura? Tendría que escribir un elogio del insulto, y dedicárselo a quien yo me sé, pero eso será otro día.

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lunes, noviembre 23, 2009

De otra cosa

La melancolía no se puede desaprovechar, es un bien escaso. Y el tono preciso para leer ciertos libros. Corto y perezoso, por tanto, pero dispuesto a coger la leve depresión por los pelos, que la pintan calva, ayer me di un baño de nostalgia en las aguas de las Baladas y canciones del Paraná. Era una nostalgia rara, porque lo era del río Guadalete, a las orillas del cual, prácticamente, leía yo muy recostado. No importaba. La nostalgia es siempre de otra cosa.

Se me pasó nada más desembocar en una canción tan voluntariosa como ésta, la 33:
Hoy quiero soñarte, río,
más pequeño.

Igual que el Guadalquivir,
o más chico, como el Duero.

Y todavía más chico,
más pequeño.

Lo mismo que el Guadalete
de mi pueblo.

Río que sueña en ser mar,
debe ser mar, si es su sueño.

Déjame así que hoy te sueñe
más pequeño.

domingo, noviembre 22, 2009

Salto atrás

Casi siempre, soluciono el domingo de blogg con el artículo del Diario. Hoy al revés: resacoso de la gripe, he solucionado el expediente del diario con la entrada del jueves por la tarde. En fin, por mucha teoría teórica de los géneros que uno se ponga a dibujar en el aire, vasos comunicantes.

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sábado, noviembre 21, 2009

Cantad con inteligencia

Las entrevistas de la contraportada de Alba son siempre muy interesantes. El tema no lo puede ser más: “Hablemos de Dios”, y los entrevistados suelen ser personas de mucho fuste. Aunque la semana pasada no se entrevistaba a un personaje de relumbrón, a mí me despertó un enorme interés personal. Lógico, si se cae en la cuenta de que el entrevistado era yo.

No me interesó por vanidad, sino por ver qué pienso. Para saber mi opinión tengo que escribirla o decirla y leerla u oírla. Y a menudo luego he de quitarme la razón o parte de ella o matizarla, y así voy afinando mi manera de comprender el mundo. Es lo que pretendo hacer ahora. En un momento de la entrevista, declaré que, a diferencia de nosotros (tan exquisitos), Dios mira las intenciones de nuestros textos más que los resultados. Él se parece mucho más a una madre que un crítico literario, remataba.

Y eso es verdad, sí, pero en parte o, mejor dicho, sólo en última instancia. A Dios le gustan los textos muy bien escritos. Nadie más sensible a la belleza que Él, que la ha creado. Por eso, la advertencia de Flannery O’Connor es, naturalmente, mucho más sagaz que la mía: “Sólo se sirve a Dios y la posteridad con artículos bien hechos”. El matiz está en el verbo “servir”. Dios aplaude y gratificará nuestras buenas intenciones, que nos sirven a nosotros, pero servirle, lo que se dice servirle a Él, lo hacen sólo los artículos de primera magnitud.

En el Salmo 47 se exige con rotundidad: “Cantad con inteligencia”. Nada, pues, de cantitos melosos almibarados de sentimientos blanditos. Los escritores católicos tenemos que cantar en los poemas y hablar en los artículos con la mayor calidad literaria. “Porque Jehová el Altísimo es temible”, se precisa en el mismo salmo.

Dando vueltas a este asunto, le he visto una aplicación crítica a la inquietante parábola de Jesús recogida en Lucas 16, 1-8. La del administrador injusto, ¿recuerdan?, que viendo que lo iban a despedir, fue ganándose a los deudores de su amo uno a uno con chanchullos varios. El amo, esa conducta tan reprobable y contraria a sus intereses, la alaba. Aplaude su astucia. Y Jesús remacha: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

La parábola, que a los hijos de la luz nos deja más bien a oscuras, ¿no podría apuntar a que Dios celebra también aquellas obras humanas que demuestran inteligencia y capacidad, por su misma habilidad técnica, con independencia de los propósitos, precisamente como haría un crítico literario? Nada bueno, con el sentido más mundano de bueno incluído, deja de agradar a Dios. Tenemos vía libre, por tanto, para admirar los libros de esos grandes escritores que doctrinal o moralmente sean contrarios a nuestro pensamiento. Podemos incluso elogiarles encarecidamente, como hizo el amo de la parábola.

Y, por nuestra parte, además de los mejores propósitos, por supuesto, tenemos que lograr mejores páginas. Dios seguro que nos valora los primeros, pero a Él se le sirve con las segundas. Lo cortés no quita lo valiente. Ni lo astuto (en la medida de lo posible).

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viernes, noviembre 20, 2009

Un vaso de violetas

Resulta inverosímil, pero es verdad. La misma mañana (ayer) en que dejaba, con la maleta bien llena, el Hotel Universo, de JLGM, donde he pasado una temporada agradabilísima, me preguntaba qué nuevo dietario ocuparía el hueco de ese género en mi mesilla de noche. Recogí (en todos los sentidos del verbo) un tomo de Desde la última vuelta del camino de Baroja, pero inapetente, quizá porque la gripe daba la última vuelta de tuerca sobre mi estrujado estómago. Entonces llamaron a mi puerta. Eso, a un fervoroso lector de Jorge Manrique, siempre le sobresalta. Abrí. Era un paquete de Pre-Textos con Troppo vero dentro y, además, Vidario, subtitulado a propósito del Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello, do participo.

Encaminé mis pasos a leerme, como era de esperar. Me encontré en la pág. 185, acompañado de un dibujo precioso de Manuel Benítez Reyes en la 184: un vaso con violetas. Leerme me supo raro: sospecho (y ya lo he certificado en varias calas a lo largo y ancho del tomo) que diré en parte lo mismo que todos, y me fastidia; pero salir en parte por peteneras, tampoco tranquiliza. Los monográficos es lo que tienen.

Ahora bien, qué gusto cerrar el libro y saber que me quedo cara a cara con ese precioso vaso con violetas, y cómo tienen que oler por las noches en la intimidad nemorosa de las estanterías.

(Son también un símbolo afortunado de la buena compañía en la que —de la noche a la mañana— me veo.)

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